¿Tienen caducidad los embargos judiciales?, ¿Cómo nos afecta?

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Dos cifras concretas deben rondar la cabeza de todo aquel que contrae una deuda: la primera es obviamente el total en euros adeudado, ya sea por deuda monetaria directamente o por suma del valor de los bienes, y la segunda refiere a las fechas. ¿De qué fechas hablamos y por qué su importancia?

Se trata de las fechas de contraído del adeudo (cuándo se deja de pagar), notificación de embargo y caducidad de este, siendo esta última la que no conviene perder de vista, ya que de ella depende que el reclamo vaya a más, se intensifique la ejecución o, por el contrario, deje de existir.

La cuenta atrás

Los embargos judiciales tienen determinada como fecha de caducidad los cuatro años desde que se notifica el embargo, partiendo de cero una vez se produzca una nueva notificación. Esto quiere decir que para que un embargo se anule definitivamente hay dos vías: el saldado de la deuda o que pase la friolera de 1461 días sin que se reciba noticia alguna de la intención de llevarse a cabo el embargo. Basta un único comunicado convenientemente notificado para que exista prorroga y por tanto el contador de estos 1461 días vuelva a ponerse a cero.

Existe una tercera vía resultante de que el contrayente de la deuda haya sido declarado fallido a la hora de llevarse a cabo el embargo, pero en este último caso no se habla de caducidad, sino de imposibilidad de llevarla a cabo.

Una carrera de fondo

Estos datos no quieren decir que se recomiende la espera de estos cuatro años o que se realicen todas las trabas posibles para que este plazo se cumpla positivamente para el contrayente de la deuda. Todo lo contrario: el establecimiento de este plazo, ya de por sí generoso para que se pueda llevar a cabo la ejecución de un embargo, conlleva que, al menos durante cuatro años, en algún momento se volverá a notificar la ejecución del embargo.

El resultado más inmediato es por tanto que se intensificará la persecución para el pago de la deuda o la resolución del embargo. Tal como comentábamos, cada vez que se produzca alguna notificación, la cuenta se pone a cero, por lo que durante otros cuatro años se podría perseguir al adeudado.

“El hecho de que estos cuatro años se puedan prorrogar indefinidamente hace que sea muy improbable que llegue a caducar el embargo”

Es por ello por lo que conviene que no se espere a que llegue la caducidad de los embargos judiciales como si nada, siendo la máxima en todo momento cumplir con quienes se contrae la deuda y salvaguardar los bienes, por lo que se debe servir cada plazo para aunar fuerzas y buscar soluciones que impidan que finalmente se pierdan posesiones. Todo lo que venga o pueda venir positivamente de ello, bienvenido sea, pero insistimos: no debe ser nuestro máximo fin que la deuda caiga sorpresivamente en el olvido.

Caducidad de los embargos judiciales

Nadie da “duros a cuatro pesetas”

Por si aún nos puede llegar a rondar la idea de que se pueda llegar a la situación de que el embargo quede en el olvido y caduque, no tenemos más que ponernos en la piel de aquel que reclama una deuda y ante ello se nos notifica un embargo.

Esta situación se da en casos excepcionales en el que lo adeudado adquiere una dimensión muy superior a la asumible por quién contrae la deuda, cantidades por tanto “golosas” y que en todo momento se pretenderá cobrar cuanto antes y de la mejor forma posible.

“Las fuerzas se deben concentrar en todo momento en saldar la deuda, no en ocultarla”

Por tanto, se ve poco probable que nuestro embargo pase desapercibido durante cuatro años, a menos que se caiga en una situación excepcional en la que por motivos de “traspapeleo”, se trate de una institución que lleve varios embargos en activo u otros motivos que puedan distraer el cobro de una deuda.

La propiedad es algo muy serio, por tanto en conclusión, no debemos jugar al juego del ratón y el gato con ella y procurar en todo momento encontrarnos en una situación de claridad y transparencia con nuestras deudas.

 

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2015-06-26